Cenizas en las Urnas: El costo político de darle la espalda al bolsillo del obrero

Las elecciones del congreso llevadas a cabo este 8 de marzo dejaron un mensaje contundente en las urnas colombianas: el electorado no olvida las sacadas de cuerpo de varios candidatos al senado. Es probable que una de las decisiones que haya profundizado esta distancia con la ciudadanía sea el pujante rechazo al aumento del salario mínimo vital. En esta jornada, figuras que hace cuatro años eran los fenómenos de la votación popular, hoy engrosan la lista de los “quemados”, víctimas de una desconexión entre sus discursos políticos y la realidad de las mayorías.
KATHERINE MIRANADA: EL CAMBIO AL SENADO… NO SALIÓ.
Hace cuatro años, Katherine Miranda, del Partido Verde, celebraba ser la representante a la Cámara más votada de Bogotá, sin embargo, su salto al Senado en este 2026 terminó en un estrepitoso fracaso. ¿Qué cambió?
Su distanciamiento del Gobierno Nacional, al que ayudó a elegir como jefa de debate, marcó hitos importantes en la pérdida de su brújula ética. Miranda pasó de ser la aliada incondicional de Gustavo Petro en 2018 y 2022 a convertirse en una de sus críticas más feroces, frenando en el Congreso reformas sociales (salud, laboral y pensional) que sus propios electores esperaban. Al adoptar el eslogan de que “el cambio salió chimbo” para su campaña al Senado (haciendo referencia a los cambios del gobierno de la Colombia Humana), no logró atraer a la oposición tradicional y, en cambio, terminó de espantar muchos votantes, que la veían ahora como una ficha más del establecimiento que ella misma solía cuestionar.

Recordemos también su ataque al ministro de Igualdad, Alfredo Acosta, a quién descalificó públicamente por ser “solo bachiller” por medio de su cuenta de X, ignorando tanto la libertad constitucional del Presidente para nombrar ministros como la trayectoria de Acosta como líder de la Guardia Indígena y rescatista en el Guaviare. Lo que el país leyó como clasismo académico resultó doblemente incoherente: años atrás, la misma Miranda entonaba el himno de la guardia para atraer votos de opinión sosteniendo las banderas de las comunidades indígenas.
Finalmente, en materia de justicia social y economía popular, la brecha se hizo insalvable durante el primer mes de 2026. Miranda declaró su férrea oposición al aumento del salario mínimo del 23,7% decretado por el Gobierno. Al tildar la medida de ‘estrategia populista’ y centrar su discurso en la defensa de la clase media frente al alza de peajes, pareció omitir un dato técnico fundamental: el aumento salarial cuadruplicaba el IPC del 5,30%, representando una ganancia real histórica para el bolsillo del trabajador.

crédito @KatheMirandaP/X
MIGUEL POLO POLO Y EL FRAUDE DE SU CURUL
Uno de los grandes derrotados de la jornada fue Miguel Polo Polo, miembro del partido Centro Democrático, quien desde 2022 ocupaba una curul en la Cámara de Representantes por la circunscripción especial de comunidades afro. Polo Polo, quien buscaba la reelección (o el salto al Senado según sus últimos movimientos), se encontró con la realidad.
Su discurso, que calificaba de “sinvergüenza” al presidente por subir el salario mínimo bajo el argumento de proteger al “pequeño empresario”, terminó por aislarlo de las razones por las que supuestamente fue electo:representar a las comunidades afro, históricamente discriminadas, saqueadas y violentadas. Polo Polo prefirió ser el “ángel guardián” legislativo de las élites y el gran capital,olvidando que su curul tenía un mandato étnico. Ayer, cuando intentó hacer borrón y cuenta nueva para buscar la reelección, las comunidades le recordaron que el poder no es un cheque en blanco, y que (más que su curul) perdió la legitimidad ante un sector que en este momento prefiere un salario digno, y un representante que legisle y defienda los intereses de su comunidad.
LAURA GALLEGO Y SUS ANÁLISIS SIMPLISTAS
A este coro de críticas se sumó la influenciadora Laura Gallego, del partido Cambio Radical, que tuvo que renunciar al puesto de señorita Antioquia trás la polémica ocasionada por varios videos en los que le preguntaba a distintos candidatos presidenciales si “preferían darle una bala” al presidente Gustavo Petro o al exalcalde de Medellín Daniel Quintero Calle. Su narrativa en redes sociales redujo la complejidad económica de muchas personas a frases como: “Si usted odia tanto a su empleador, entonces no le pida empleo. Sencillo”. Gallego cuestionó también el por qué el salario no subió con esta fuerza en el primer año de mandato, ignorando —quizás convenientemente— que el presidente Petro recibió un país con la inflación más alta en 23 años (13,1%) y que se trata de una política que se desarrolló progresivamente.
Plantear que el aumento salarial es una herramienta para “sembrar odio” o compararlo con “darle un dulce a un niño para luego quitárselo” es un insulto a la inteligencia del trabajador. Lo que Gallego y los sectores que critican la Reforma Laboral tildan de “costo excesivo”, para el empleado es lo mínimo para sobrevivir. No se trata de odio al empresario, sino de entender que una economía donde el trabajador no puede consumir es una economía condenada al estancamiento.
Mientras los candidatos ahora “quemados” advertían sobre catástrofes económicas y cierres de empresas que no terminaron de materializarse, el trabajador colombiano vio en su cuenta bancaria un alivio. Este aumento histórico del salario mínimo se convirtió en una bandera que, lejos de sembrar odio, sembró una esperanza de justicia social en la que los sectores tradicionales y de la nueva derecha (disfrazada de centro) claramente no están dispuestos a participar.
¿Y LA OPINIÓN DEL PUEBLO?

Foto: Laura Cecilia López
El 20 de febrero las plazas en Colombia se llenaron en apoyo al aumento del salario mínimo vital. En Cali diluviaba, y en la plaza de San Francisco la gente alzaba en una mano la sombrilla y en otra la bandera. “A nuestras madres que son cabeza de hogar, que han criado a sus hijos solas. Agradecida con el pueblo porque estamos todos aquí a pesar de la lluvia, presentes en la lucha” nos decía una de las asistentes a la concentración. Al final del día, el peso de estas políticas no está en los pasillos del Congreso, sino en las mesas de las familias que hoy sienten que su trabajo es un poco más valorado. Un salario digno no es un dulce que se regala y se quita, es una cuestión de acceso y garantía de los derechos humanos básicos.